La Cruda Realidad

25 Octubre , 2009 at 3:31 pm (crónicas)

Ayer estuve de visita en la cárcel. Esta realidad que estoy viviendo me parece tan absurda, tan surrealista, que mi cerebro no termina de adaptarse a ella y me engaña sutilmente. Por desgracia, la realidad es la realidad, y ayer por la mañana, cuando estaba en Soto del Real, a las puertas de la Penitenciaria, hasta los colores me parecían más vívidos. Pero era como si lo estuviera viviendo otra persona. Yo, mi verdadero yo, mi yo real, estaba agazapado en algún lugar de mi atrofiado cerebro, que no terminaba de hacer bien las conexiones.

Y es que me he dado cuenta de que voy por la vida viendo una realidad maquillada. Como si tuviera una capa de barniz, la vida que yo vivo está exenta de maldad. Aunque quizás maldad no sea la palabra adecuada. En mi realidad yo vivo una vida tranquila, respetando las normas sociales, sin drogas, ni armas, ni asesinatos. Si ni siquiera me he peleado en mi vida. Qué cosas. Y así veo todo lo que me rodea. Todo decorado con la pátina del barniz, que no esconde todos los defectos pero sí que los disimula. Como cuando paso con el coche por las rotondas, veo a las putas allí plantadas, pero las veo de lejos y de pasada. Para mí no son más reales que los personajes de una película. Y sin embargo ahí están, son personas reales, con problemas reales que quizás hayan sido los culpables de que acabaran buscando dinero a cambio de sexo a un lado de la carretera. Y como yo, la gran mayoría de la sociedad hace oídos sordos y ojos ciegos a todo este “submundo” que queda tan feo enseñar. Pero que existe.

Precisamente mi enlace con esta realidad desmaquillada es a quien fui a visitar ayer. Cuando me enteré de que había dado con sus huesos en la cárcel no juzgué. No renegué. Simplemente mi amiga había tenido un tropiezo y tenía que ayudarla. Eso hice. Esto me lleva a pensar en toda la gente que comparte techo con ella. Habrá de todo: traficantes, asesinos, ladrones. Pero son personas. No son “los malos”. Porque referirlos con adjetivos genéricos les quita toda la humanidad que tienen. Son humanos que cometieron errores. Mi cerebro se cortocircuita de nuevo y no soy capaz de imaginar qué clase de situación te puede llevar a asaltar bancos, o a comprar y a vender droga. Mucho menos a violar o a asesinar, a no ser que hubiera sido en defensa propia. Toda referencia que tengo sobre “el lado oscuro” es a través del cine, lo cual ha ayudado a construir una doble realidad en mi conciencia. Yo no creo que mi amiga sea una mala persona. De hecho mil veces me ha demostrado todo lo contrario. Como yo, habrá más personas que tengan en la cárcel a algún ser querido, que nunca dio muestras de ser mala persona y que, probablemente, no lo sea. Pero como han tenido un tropiezo con la ley ya se les mete en el saco de los malos, del submundo que hay que esconder.

Por extraño que parezca, no tuve sensaciones extrañas al visitarla. Me esperaba un sitio sórdido, escabroso incluso. Pero simplemente me pareció institucional. Mucho muro y mucha alambrada, pero no era más que un edificio funcional, feo y gris, pero funcional. Las cabinas de visitas estaban desprovistas de emociones. Ella estaba a un lado del cristal, con el teléfono, nosotros cuatro estábamos al otro lado, escuchando su voz por el interfono. Un tanto frío, pero no lúgubre. Había tristeza en el ambiente, sobre todo cuando terminó la visita y salimos de nuevo a la calle, pero era por la situación en la que ella se encuentra, no por el lugar en sí. Nosotros salimos, pero ella continúa allí dentro, y todavía no sabemos por cuánto tiempo. Sólo nos queda esperar, y eso es la peor parte. Porque mientras te estás moviendo, mientras haces papeleos o vas de visita o compras cosas que ella necesita parece que el tiempo va más rápido y que estás haciendo algo para intentar arreglar las cosas. Pero cuando toda la locura inicial ya se ha pasado, cuando sólo queda una rutina semanal que cumplir, tan sólo queda esperar a que la justicia, esa supuesta ciega de avance implacable, pero lento, haga su trabajo. Y entonces te quedas paralizado, porque ya no está en tus manos hacer nada. Y parece que todo se detiene. Y te sientes inútil e impotente.

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Fin de Semana de Aventura: Sábado, Barranquismo en Agua

14 Septiembre , 2009 at 5:21 pm (crónicas)

Todo empezó el viernes. Comimos en casa un bocadillo, hicimos la maleta, y comenzamos viaje. A las Hoces del Cabriel. Habíamos contratado un fin de semana con alojamiento y dos actividades. Era la primera vez que nos había dado por movernos así, pero estábamos un poco hartos de tanta rutina. Necesitábamos un cambio.

En dos horas y media llegamos a Venta del Moro, el pueblo donde teníamos el alojamiento. Un pequeño pueblo de Valencia, pegado a la provincia de Cuenca, muy pintón. Después de un par de vueltas por allí, por fin encontramos el lugar. Era una casa centenaria que tenían restaurada, con varias habitaciones, algunas de ellas de hasta 8 plazas. Nos dieron la habitación, dejamos las cosas y, como el viernes por la tarde lo teníamos libre, nos fuimos a Requena. Podríamos habernos acercado a la playa, pero tampoco nos apetecía mucho. En Requena eran fiestas, la de la vendimia, y tenían el paseo repleto de puestos en los que se vendía vino. Sólo vino, puestos de comida había uno nada más. Dimos una vuelta por allí, y nos volvimos al hotel, a dormir.

El sábado nos esperaba el barranquismo acuático. Quizá por los nervios no dormí muy bien, quizás también tuvo la culpa la cama, extraña para mi, pero yo lo achaco a la incertidumbre que me causaba la aventura del día siguiente.

A las ocho y media arriba. Desayuno a las 9, y a las 9 y media todos en sus puestos porque nos recogían. Fuimos detrás de la furgoneta del monitor, y otro coche con cuatro hermanos que también hacían la misma actividad que nosotros. En nuestro coche acogimos a un padre y su hijo, compañeros también de actividad. Llegamos a un camino de tierra donde dejamos los coches y nos subimos en la furgoneta. Más camino de tierra, practicable de milagro, y por fin llegamos al lugar. Lo primero, repartir el equipamiento.

Nos repartieron los neoprenos, que cada uno se puso con una lucha personal. El hombre contra el neopreno, esa batalla ancestral en la que acaban ganando los michelines. Nos reímos mucho, en parte por vergüenza, y en parte porque los cuatro hermanos decidieron hacer el indio. Uno de ellos, que llevaba unas gafas de sol deportivas, se puso la capucha y las gafas e imitó a la crazy fogg, la rana loca que nos invadió hace unos años. Nos hicimos unas fotos, para mostrar nuestros esculturales cuerpos embutidos cual chorizos en malévola goma, y partimos al inicio del río.

Lo primero de todo, mojarnos. Nos metimos en una poza para que en el primer salto la impresión del agua fría no nos paralizara. Porque estaba fría, incluso con el neopreno. El monitor nos dio unos consejos, y nos fuimos al primer salto. Para romper el hielo, teníamos que saltar al agua (no desde mucha altura, pero para mi suficiente), y aprovechando el impulso, bucear y pasar por un sifón a la fosa siguiente. Un sifón es un agujero que se forma en la roca, que une las pozas del río. Particularmente a mi me costó mucho pasarlo, porque no fui capaz de hacerlo del tirón, tuve que sacar la cabeza y volver a bucear para encontrar el sifón. Finalmente, pasamos todos, y la adrenalina se hizo notar.

Inmediatamente después, un tobogán. Son saltos de agua naturales, que alisan la roca y permiten tirarte como si estuvieras en el acuapark. Para mi, fue lo más divertido.

Y sin pararnos, seguimos bajando el río. Más saltos, más sifones, más toboganes. El paisaje era espectacular. La roca calcárea formaba esculturas tan fantásticas que sólo se pueden dar en la naturaleza, ninguna mente humana sería capaz de imaginar esas formas casi mágicas. Ni siquiera Dalí (aunque se acercaba bastante). Es increíble cómo puede cambiar el paisaje dependiendo de la perspectiva desde el que lo miras. Acostumbras a ver el paisaje de un río desde su orilla, y es precioso. Pero ver el paisaje desde dentro del río es simplemente maravilloso. No hay ruidos, no hay distracciones. Tan sólo naturaleza en estado puro, naturaleza limpia y sana, gracias a dios. Es un milagro que haya lugares en los que la contaminación humana no haya hecho sus estragos, pero aún quedan algunos.

En cada salto yo me lo pensaba un poco. Tengo un pequeño miedo a saltar, a avanzar un pie en el vacío. Aunque sepa que hay agua debajo, me da igual. Me cuesta tomar esa decisión de precipitarme al vacío. Pero el monitor, Francis, me ayudó mucho. Me decía que no lo pensara, y me contaba hasta tres. Entonces yo dejaba la mente en blanco y a la voz de tres saltaba. Sólo hubo un salto que no hice, porque había que saltar muy seguro, porque había roca cerca del borde, y no creo que lo hubiera hecho a la primera. Pero salté desde otro lado.

El último tobogán lo llamaban la lanzadera. Es una caída muy larga, y el agua pasa con mucha fuerza. El monitor se sentó entre dos rocas y nosotros nos preparábamos sobre sus rodillas. Nos cogía con fuerza de la cintura, porque aún haciendo él fuerza el agua nos arrastraba. Luego nos soltaba, y aterrizabas en una poza tras un largo recorrido. Pero lo más impresionante fue ver al monitor saltar desde lo alto de la roca, desde una altura aproximada de unos 7 metros. (He de reconocer que tengo muy mal ojo para calcular alturas, pero estaba alto de cojones).

Luego ya comenzamos a ver bañistas, estábamos en la recta final de la aventura. Seguimos por caminos de roca resbaladiza, y el último salto, para mi el más alto, dio conclusión al río. Pero no a la aventura.

Para terminar, tuvimos que trepar por la ladera del monte. Creo que fue lo más peligroso del camino, porque un resbalón te podía precipitar al vacío, y si tenías suerte podrias caer al agua, pero no era una apuesta segura. En mitad de la ascensión, en una cueva, observamos que un bañista había sufrido un accidente. Estaba tumbado en la roca boca abajo, y aparentemente se había roto algo, no sabíamos si la columna o la cadera. El monitor bajó a socorrerle, y nosotros subimos con el móvil para llamar a emergencias. La aventura final fue esperar al helicóptero, que llegó y aterrizó en un lugar que nosotros creíamos imposible. Rescate espectacular para terminar el día.

Después de comer, tarde tranquila con descanso. En el patio de la casa se juntaron los hermanos valencianos a jugar al póker, y ahí estuvimos con ellos un rato, aprendiendo este juego de cartas tan famoso.

Por la noche, cena de barbacoa, torrá lo llaman en Valencia, y a la cama. Esa noche no nos costó dormir. Habíamos tenido un día muy emocionante, y sobre todo, movido.

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Mens sana in corpore sano

24 Agosto , 2009 at 7:22 pm (diario)

De forma automática me pongo la ropa de deporte. No me lo pienso, porque si me paro, aunque sólo sea un segundo, sé perfectamente que no saldré ni aunque me arrastren de los pelos hasta la calle. No pienso en el calor, ni en el cansancio que me invade el cuerpo por no haber hecho nada en absoluto en todo el día (benditas vacaciones). No, no pienso. Por un momento, el que tardo en vestirme y salir a la calle, no existo según la filosofía de mi amigo Descartes. De modo que en esa no existencia termino de ponerme la ropa, el calzado, el ipod (casi lo más importante), y bajo las escaleras.

El camino hacia el parque es andando. Generalmente vamos hablando P. y yo, a no ser que estemos cabreados o simplemente no nos apetezca hablar (en cuyo caso uno de los dos se cabreará porque piensa que el otro, tan callado, está cabreado). Hoy no nos apetecía hablar mucho. Cada uno con su música. Cada uno perdido en sus pensamientos.

Llegamos al parque y comenzamos a correr. A trote cochinero, sin matarse. El primer kilómetro lo hago bien, la vista concentrada justo delante de mis pies, viendo pasar el suelo. La mente perdida en la no-existencia de Descartes. Al finalizar esa vuelta, lo que hacía el kilómetro, parada obligatoria en la fuente.

Lo que mi mente sabe instintivamente, que es respirar (se coge aire por la nariz, se suelta por la boca), mi cuerpo parece que no lo entiende, y cuando quiero coger aire por la nariz, en algún punto entre el aire de fuera y mis pulmones se frena. La mucosa interior cierra filas como si la estuvieran atacando y decide que por ahí no va entrar, voto a bríos, ni aunque perezca en el intento. Para demoler las fuerzas supuestamente defensoras de mi nariz me inundo el conducto de agua, lo que hace que casi me ahogue, pero que al final consigue su propósito. Las fuerzas invasoras del agua hacen retroceder los tabiques y puedo continuar mi camino.

De nuevo a trote cochinero. Concentrada en los adoquines, el asfalto, la acera. Un pie delante de otro, respirando rítmicamente. Y antes de darme cuenta estoy subiendo una cuesta infernal que me deja, de nuevo, sin aliento. Los defensores han vuelto, aunque con fuerzas diezmadas, lo cual quiere decir que respiro medio bien. De todos modos la cuesta la subimos andando. Es el kilómetro 3 con 800 metros.

Arrancamos de nuevo. Un pequeño esfuerzo final. Mi cabeza sigue fría. Otros días no paran de cruzar pensamientos mientras corro, pero hoy ha sido una desconexión total. Simplemente miraba los pies y corría. Nunca nunca nunca abandones, mantra que vi en un documental de cuatro, pero que a veces me repito a mi misma y me ayuda a continuar. Sólo así me doy cuenta de hasta dónde soy capaz de llegar, que es mucho más lejos de lo que en un principio me creía preparada. Acabo de caer en que podría aplicar este principio al resto de mi vida, lo cual mejoraría bastante mi ánimo. Quizás con algo más de entrenamiento…

Finalmente mi carrera ha sido de 5 kilómetros 750 metros, en 45 minutos. Ritmo de carrera: 7 minutos 49 segundos por km.

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Cumpleaños de Silvia

1 Julio , 2009 at 4:57 pm (crónicas)

Hace poco ha sido el cumple de Silvia, y para celebrarlo, y como regalo, pasamos el día juntas en Madrid. A ella le gustaba mucho el cuadro de El Bosco, el Jardín de las Delicias, y mi regalo fue llevarla al Museo de El Prado para verlo, y regalarle el póster. Puede sonar cutre, pero sabía que le iba a gustar más eso que cualquier otra tontería que hubiera podido comprar por ahí.

Quedamos temprano, para desayunar y coger el tren hasta atocha. Allí fuimos andando hasta el museo y pasamos la mayor parte de la mañana perdidas entre el arte. Fascinadas por las pinceladas, algunas de ellas tan mágicas que te trasladan al mundo que el pintor veía. Llegamos a la zona de El Bosco, y nos congelamos frente al Jardín de las Delicias durante un buen rato, descubriendo cada rincón del tríptico. Pero, aprovechando que estábamos allí, también vimos otros cuadros de la exposición permanente del museo. Vimos a El Greco, que es uno de mis pintores favoritos, junto con Dalí. Y la zona de la pintura flamenca. Nos volvimos locas en la tienda del museo, comprando postales y puntos de libro, además del póster que era el regalo en sí.

Salimos mareadas del museo, de tanto andar y fijar la vista en los cuadros, embriagadas de arte. Encantadas y felices de haber compartido la mañana junto con los pintores que dejaron tan hermosa huella en el mundo. Y aprovechando que era la época, nos dirigimos hacia nuestra otra gran pasión: la feria del libro de Madrid. Otro buen rato que estuvimos sumergidas entre las letras de los libros que ofrecían los mil tenderetes en el Retiro. Lástima que nos durara poco, estuvimos casi toda la mañana en el museo, y cuando llegamos al Retiro eran casi las dos. Paseando por el paseo de Coches los altavoces anunciaron que la Feria cerraba a las dos y que volvía a abrir sus “puertas” a las seis de la tarde. Cansadas como estábamos, no nos disponíamos a esperar tanto tiempo para volver a la Feria. Decidimos ir a comer. Pero como también estábamos hambrientas de libros, nuestros pasos (vía metro, claro), nos llevaron hasta Sol, a por una hamburguesa y al fnac, pues no íbamos a salir de Madrid (centro) sin un libro en nuestro bolsillo.

El viaje de vuelta hasta Torrejón fue algo más silencioso, cada una perdida en los recuerdos del día, pero sobre todo cansadas, habíamos andado durante todo el día. Pero mereció la pena.

Lástima que ninguna de las dos llevábamos cámara de fotos para inmortalizar algunos recuerdos del día. Otra vez será. Porque repetiremos. Seguro.

GardenED

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Y llegó el verano…

3 Junio , 2009 at 7:15 pm (crónicas)

Hace mil años que no me acercaba a mi blog, abandonadito lo tenía al pobre. Pero ahora que con el calor parece que voy despertando, como las gárgolas al llegar la noche, me desperezo y me acerco al ordenador con ganas de escribir. Y es que parece que ya se me pasó la etapa nostálgica, la de recuerdos de infancia y de juventud, que llegan con la sensación de haber perdido algo. Por fin miro atrás sin remordimientos ni penas, y sigo hacia delante con ánimo de avanzar. Quedarse en mitad del laberinto llorando porque no consigo salir ha quedado demostrado que no funciona. Así no lograré salir nunca. De modo que he decidido levantarme y seguir andando. Y si no encuentro la salida, por lo menos me entretendré por el camino.

He pasado también una época muy estresante, con el nuevo puesto de trabajo. Creí que acabaría por reventar, o por echarme atrás y abandonar el puesto, pero también llegó un momento en que me di cuenta que podía con el nuevo trabajo, con lo que los niveles de estrés se quedaron en un nivel altamente aceptable. Tiene algunos desniveles, pero creo que finalmente lo venceré.

Y con las aguas ya en su cauce, un último paso. Necesito ponerme en forma. Por mi cumple me regalaron el nike+ipod, ese maravilloso cacharro que se pone en el ipod y te dice el tiempo que llevas corriendo, la distancia, velocidad y ritmo. También las calorías, pero no me fío demasiado de ellas. Además, si les hago mucho caso acabaré por volverme una Bridget Jones, contando las calorías en lugar de los cigarros (afortunadamente ya no fumo, así que no puedo contar cigarros). Me he descargado un entrenamiento para correr los diez kilómetros, y ahí ando, llevo ya tres días de entrenamiento. Hoy era mi día de descanso, y mañana continúo. Además, con el cacharro este también te descargas los datos de tu carrera en una página de nike, y se supone que la puedes colgar en tu página web. He intentado en el facebook y no me deja. Probaré aquí a ver si me vale de algo:

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¡¡Aquí están los cuadros de mis primeros tres días de entrenamiento!! Como es un entrenamiento de andar/correr la línea sale con mucho altibajo. También se puede observar que el tercer día le di un poco más de caña. La parte mala de esto es que no puedes exagerar cuando lo cuentas. Te chiva hasta el ritmo de km por minuto. Por lo menos así me puedo hacer un seguimiento y me anima a continuar. Aunque a partir de este momento se abren las apuestas para ver cuánto aguanto con el entrenamiento. ¿Llegaré a correr los 10 km? Espero que sí, pero no soy conocida precisamente por mi continuidad. Para muestra, un botón, este blog es un reflejo de mi vida. Un día sí, tres no. O como es el caso, un mes sí, cinco no. Otra cosa a cambiar. A ver si lo consigo.

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Tiempo

22 Febrero , 2009 at 6:53 pm (diario)

 

El tiempo no es sólo una sucesión de minutos y segundos y milésimas de segundos. El tiempo tiene textura propia, es una cuarta dimensión que nos rodea y nos posee, se estira y se encoge dependiendo de su propia voluntad, nunca de la nuestra. Es algo casi vivo, sólo que nosotros, mortales, no podemos verlo aunque sí que podemos sentirlo. Lo sentimos cada mañana al mirarnos al espejo y comprobamos que tenemos una arruga “nueva”. Lo sentimos cuando una tarde aburrida se estira hasta casi pararse porque miramos el reloj y parece que no se mueve. O cuando lo estamos pasando tan bien que resulta que ha llegado la hora de irse y ni lo habíamos advertido, parecía que había pasado sólo un minuto. O cuando se para completamente en ese instante mágico de antes de un beso…

El caso es que ni lo comprendemos ni tenemos poder alguno sobre él. Ayer nos acostamos después de haber celebrado la nochevieja y pasado mañana ya estamos en marzo. Entremedias, por supuesto, ha habido sucesos. Tu vida que sigue su curso junto con esa cuarta dimensión desconocida que es el tiempo. Las vivencias, los días aburridos y los divertidos. Las discusiones y las reconciliaciones. Los desencantos y las alegrías. Y todo siguiendo el mismo ciclo. Antes de darnos cuenta ha pasado otro mes, y no has hecho las cosas que te habías prometido hacer y sigues haciendo aquello que dijiste que ya no ibas a hacer más. Cuestión de voluntad, que ya se sabe que es débil.

Pero tranquila, mi vida transcurre tranquila por este río de tiempo. Y me alegro por ello. He sufrido algunos cambios, pero me adapto bien a ellos. Un cambio en el trabajo, ahora madrugo más, mucho más, pero a cambio aprendo cosas nuevas e interesantes. Los cambios alteran tu vida pero no por ello son malos. Me los tomo con buen humor, incluso si me tengo que levantar antes que las gallinas, todo hay que verlo por el lado positivo. Creo que no tengo que aclarar que odio madrugar… 

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Diciembre… Otra vez

28 Diciembre , 2008 at 7:48 pm (Uncategorized)

 

Ya estamos en Diciembre, el mes de los balances, de las despedidas. Para empezar despedimos el año viejo y saludamos al nuevo, y nos proponemos ser mejores para el siguiente, dejar de fumar, hacer deporte, tratar a tus semejantes con más cariño, cumplir algún sueño que tuvieras por ahí olvidado… Y como cada año no cumplimos ninguno. Cada diciembre se repite la misma historia: se mira hacia atrás, hacia el año que acaba y repasas su trayectoria. Normalmente no has dejado de fumar, has engordado tres kilos porque lejos de hacer deporte, te has puesto hasta arriba de comer y sigues siendo tan borde como siempre. Y el sueño sigue enterrado entre tus fantasías adolescentes, consciente de que jamás verá la luz del sol…

De todos modos estos balances son absurdos hacerlos en diciembre. Es un mes tan azucarado que se nos nubla el sentido común y el de la realidad. Cuántas amistades rotas no se han resuelto en diciembre, en Navidad, cuando resulta que tú no querías arreglar nada porque esa persona en concreto te pone los pelos de punta… Pero como es Navidad, hay buen humor y buenas intenciones, las calles se llenan de luces y nuestras barrigas de turrones. De ahí lo del azúcar. Y digo yo, ¿no sería más fructífero hacer el balance en el mes que nos diera la gana, marzo, por ejemplo, y dejar de fumar, pero no empezar a hacer deporte hasta abril, o haber empezado antes, por eso de que no se te junten todas las cosas a la vez, para no abrumarte de buenos propósitos? Y desde luego nuestra vida en común con el resto de la humanidad se vería muy mejorada si en lugar de concentrar la solidaridad y el buen rollo en una semana al año, lo repartiéramos en pequeñas gotas a lo largo del año entero. Y no tocar el claxon como un loco porque el coche de delante está parado, porque estás viendo que no puede avanzar, a eso se le llama atasco por algo. Y darle una moneda al hombre o mujer que está en la esquina, quizás un poco sucio, quizás porque no tuvo la misma suerte que tú en la vida. Seguro que a esa persona que se encuentra en la estacada le importa una mierda tener la play tres o no tener internet de banda ancha. Creo que se conformaría con un techo sobre su cabeza y comida caliente tres veces al día. Porque, que yo sepa, no hay nadie viviendo en la calle por una elección propia. Quizás esa persona tomara algunas decisiones equivocadas, o quizás la vida le embistió de manera que no pudo esquivarla… Pero tampoco hace falta que arregles el mundo en un día, dale una moneda, que tal vez se gaste en comida o tal vez en alcohol, pero en cualquier caso le has hecho un poco más feliz… Y definitivamente hay que desempolvar esos sueños que alguna vez tuvimos, porque cuando crecemos nos volvemos ariscos y grises a medida que abandonamos nuestras ilusiones. ¿Que querías ser astronauta? Pues juega en el salón de tu casa a que tienes gravedad cero cubierto de papel albal… Seguro que te vuelves un poquito menos gris.

Definitivamente el mundo sería un lugar mejor si nos dejáramos de gilipolleces y diéramos más rienda suelta a nuestro buen humor. Parece que uno de los requisitos de hacerse adulto es volverte malhumorado y perder la imaginación. Quizás es por eso que tienen tanto éxito las navidades, porque por una semana recordamos lo que sentíamos siendo niños que creían en los Reyes Magos y en que hace dos mil años nació un niño que cambió la historia de la humanidad. Yo, que soy una escéptica, me gustaría seguir creyéndolo durante todo el año, pero me temo que la humanidad está tal y como estaba hace dos mil años, pero con más inventos, como la electrónica y las armas automáticas. Y si seguimos así dudo que podamos aguantar otros dos mil años más.

Ya que diciembre es el mes por excelencia de los buenos deseos, y de las listas de propósitos, yo me voy a proponer cambiar el mundo. Sí, ese sueño que tenía cuando era pequeña, lo voy a rescatar de mi baúl de los imposibles y lo voy a poner en práctica. ¿Qué cómo lo voy a hacer? Sonriendo. Poniendo buen humor a esta triste vida y dejando a un lado esos “enormes problemas” que nos abruman a los adultos. Sonriendo y, en la medida que esté en mi mano, haciendo sonreír a los demás.

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1 Diciembre , 2008 at 8:14 pm (Uncategorized)

 

El tapón de Jacks Daniels lo tuve guardado un montón de tiempo. De hecho creo que todavía lo tengo por ahí, escondido entre los recuerdos de mi pasado. Fue el que generó la historia que colgué el otro día, y que mi hermana leía a escondidas. La historia, dicho sea de paso, no es original mía, ni siquiera real. Es una historia inventada, proyectada sobre ese tapón negro de Jacks Daniels que apareció quién sabe de dónde. Fue un proyecto inacabado, un proyecto bonito, pero que nunca cuajó. La historia original es de J. Sanjurjo, gran amigo mío, con el que compartí clase en COU del nocturno. Él escribió la original, escrita desde el punto de vista del chico. Y me la pasó, y me dijo: “escribe el punto de vista de la chica”. Y así lo hice. Esa chica inconformista y medio loca que tenía bastante de mi. Luego intentamos compartir un cuaderno, para escribir a cuatro manos una historia similar, quizás la continuación de ésta, pero nos quedamos a medias y al final la vida nos llevó por caminos distintos. Hace siglos que no le veo, pero le recuerdo con cariño…

Tengo la manía de fechar lo que escribo, y esta historia concretamente la escribí el 24 de febrero de 1998. Hace ya diez largos años de aquello, y cuando la encontré por ahí, escondida entre mis tesoros, me hizo recordar, me hizo añorar y sonreir y por eso decidí colgarla en el blog.

Cierto es que a veces añoro la fuerza que tenía entonces, aunque la rabia ya se ha calmado. Ya lo he comentado en algún otro post, yo era una adolescente rebelde y rara que luchaba en contra de la corriente general. Ahora ya no lucho, pero tampoco me conformo. He aprendido a mantener la calma, pero aún sigo resistiéndome a seguir la corriente general. De hecho soy una adulta (me pese o no, ya soy adulta), bastante rara… No me caben las etiquetas generales y me siento orgullosa de mantener parte de mi personalidad intacta, la mejor parte, la esencial.

Y aquí sigo, aunque sí que es cierto que con los años me he vuelto vaga y mi pluma ha callado bastante… Aunque aún tengo ataques de inspiración que intento aprovechar al máximo…

En fin, recuerdos a Sanjurjo, compañero, ojalá la vida te haya tratado bien…

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EL TAPÓN DE JACK´S DANIELS

28 Noviembre , 2008 at 7:30 pm (Uncategorized)

Salimos de allí algo aburridos, yo estaba hasta las tetas de todos aquellos gilipollas babosos diciendo chorradas. El alcohol, ya se sabe, a ellos les hacía parecer más idiotas de lo que eran y a mi más intransigente y arisca de lo normal. Él sacó una botella, no sé de dónde, siempre me sorprendía así, sin saber cómo. Sacaba botellas de todas partes. Si le hubieran dado una chistera habría sacado una paloma, o un conejo… u otra botella. Como un mago.

Me caía bien. Sí, y eso que estaba en mi peor época, y además borracha. En aquellos momentos no había nadie bueno para mí, pero él me caí bien. Aunque no pasé por alto el hecho de que había perdido el negro tapón de Jack´s Daniels, claro que ahora que lo pienso, cualquiera encontraba un tapón negro iluminado tan sólo por la enfermiza luz de la Luna.

Me encendí un cigarro. Me quedaban pocos, pensé que después me acercaría a comprar otro paquete. Cada día estaban más caros, y yo sin un puto duro… Nos sentamos en un banco, en el respaldo con las piernas apoyadas en el asiento. No hay manera de estar cómodo en un jodido banco de madera. Le di una calada al cigarro. Él me miraba. Solté el humo. Él me seguía mirando. Levanté la mano y volví a llevarme el cigarro a los labios. Sus ojos clavados en mi cara. Mis ojos buscando apoyo en las estrellas. De nuevo el humo sale de mis pulmones. Es una putada esto del tabaco. Él sigue mirándome. El caso es que a mí me gusta fumar. ¿Se decidirá a hablar o seguirá como un búho, sus ojos clavados en mí? Coño, que no soy tan guapa, lo sé, l tengo asumido. Tío, me caes bien, pero como sigas así voy a tener que darte una foto…

- Para ti… ¿qué es la amistad? – Me quedé flipada mientras él bebía, para variar, mirándome.

Y éste tío de qué va. A estas horas mi cerebro no funciona bien. El alcohol, el tabaco, el ruido y los gilipollas que me sacan temas transcendentales de conversación, lo atrofian.

- No sé… ¿Y para ti?

- Yo pregunté primero.

Pues vaya.

- Y yo después, ¿qué más da?

Antes de contestarme, volvió a beber. Lo tomé como un intento de aunar fuerzas, así que me preparé para un golpe de profundidad absoluta. Abrí bien los ojos, valiente estupidez, como si las palabras se pudieran ver, y los clavé en los suyos.

- Creo que la amistad es la relación entre dos personas a las que no les importa perder el tiempo juntos y además comparten algo, por muy pequeño o nimio que sea.

Ya, y yo me creo que me lo dices para impresionarme. Le seguí mirando, por si se estaba riendo de mí, y mientras, intenté digerirlo…

Dos personas a las que no les importa perder el tiempo juntas… Bueno, por ahí va bien, estamos perdiendo el tiempo juntos, pero preferiría ir a por un cigarro, ya se me acabó el paquete. Que comparten algo… Hasta las tetas estoy yo de compartir novios con mis amigas… Y por ahí le veo que cojea.

- No está mal…

- ¿Qué?

Supuse que habría cambiado de pensamiento.

- Digo tu definición. Está muy bien y todo eso, pero…

- Pero, ¿qué?

Vaya, se ha puesto a la defensiva.

- Pero que no tienes en cuenta algunas cosas.

- ¿Cómo qué?

- Como esto.

Le di un beso en la boca. Un pequeño pico. Fue muy dulce, la verdad, él apenas me rozó con sus labios, todavía no acababa de creerlo. Sabía que él lo deseaba desde hace bastante, sabía que yo le iba, y eso que lo disimulaba muy bien. Una tiene instintos, qué se le va a hacer.

Una amistad tiene cosas, por nimias que sean, que no se deben compartir.

Unos minutos más tarde intentó volver a besarme. ¡Mierda! Debí haberlo imaginado. Hay regalos que no se entienden. No me gustaba, simplemente me caía bien y me apeteció darle un beso.

- ¡¿Qué haces?!

- ¿Cómo que qué hago?

Pobrecito, se había perdido entre la niebla. Claro, si ya lo decía mi madre, que no hay que ser tan imprevisible, que no fuera tan loca por la vida.

- Estate quieto, ¡joder!

- Y tú, ¿qué coño te pasa?

Perdido totalmente. Esto te pasa por juntarte conmigo, chaval, asume las consecuencias. Claro, que tampoco vengo con un cartel advirtiendo de los peligros que corres al juntarte conmigo.

- Sólo te estaba demostrando que a tu definición le faltaba algo. Hay cosas que no se pueden compartir…

- Ahhh… Sí… Bueno… ¡Joder!

Más perdido que un pingüino en un jacuzzi.

Tiró la botella contra un árbol, y ambos la observamos en silencio mientras se burlaba de nosotros al no romperse. ¿De qué hacen hoy día éstas botellas? ¿De hormigón armado? Volvió a mirarme.

Yo ya sabía que le gustaba, pero odio las demostraciones. Esa noche no estaba para demostraciones.

- Me piro.

- ¡Haz lo que te de la puta gana!

Pedazo de borde. Si empezaste tú.

- ¡Que te jodan! ¡Vale!

- ¿No te ibas?

Cada día más borde. A cada momento crece tu bordería, majo. No haber preguntado.

- Sí. Hasta luego.

Volví al local. Pero no volví para quedarme. Me pillé un litro de vodka con limón, y un paquete de tabaco. Me encendí un cigarro enseguida, y me marché, a ver si lograba perderme.

Esa noche no estaba para demostraciones.

Me acababan de demostrar algo muy importante, algo que me dejó hecha trizas. La amistad no es nada. Se rompe con mucha facilidad.

Me caía bien, pero no habría amistad entre nosotros.

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ADOLESCENCIA

23 Noviembre , 2008 at 11:49 am (Uncategorized)

 

El otro día, en la tele, vi una serie policíaca que resuelve crímenes antiguos. Estaban investigando el supuesto suicidio de un joven adolescente, en el año 94, el mismo de la muerte de Kurt Cobain. El joven en sí era el típico adolescente atormentado, que escribía poesía y pensaba mucho en la muerte.

Eso me hizo recordar mi propia adolescencia, probablemente los peores años de mi vida (y seguro que casi todo el mundo opina igual). Yo no escribía poesía, sólo escribía una prosa rarita que únicamente tenía sentido para mi. En su gran mayoría hablaba de sangre y muerte, pero es que la vena macabra la vengo arrastrando desde la infancia. Yo recuerdo esa época como de gran confusión, y de gran rebeldía. Me acostaba cada noche agotada, después de un día de dura lucha, yo sola contra el mundo entero. Tenía grandes sueños y grandes expectativas, pero todas teñidas de un negro profundo, color del que me empeñaba en pintar hasta mi alma…

Es en la adolescencia donde se va forjando la persona que serás. En esos años magnificas todos los sentimientos, te sientes el único ser real del universo, todo lo demás parecen escenarios ficticios plagados de malos actores que le dan a la vida un toque tan irreal que tiene que ser cierto. Tu vida diaria se ve marcada por la inseguridad: la tuya propia y la de ese futuro incierto que todo el mundo adulto te dice que te tienes que forjar.

Pero -gracias a los dioses- el tiempo pasa y tú creces. Y te ves un día frente al espejo, con 30 años, y te preguntas qué fue de aquella chiquilla engreída que se las daba de lista y tenía grandes sueños. Ahora tan sólo eres un adulto más, que sabe perfectamente que no sabe nada de esta vida. Que tiene su futuro asegurado, un puesto de trabajo, una vida encauzada, pero que todo lo ha que ha conseguido ha sido a fuerza de hipotecar esos sueños imposibles. Que ya no lucha contra el mundo, porque se ha dejado vencer por la corriente. Y que repetirá en sus hijos aquello que tanto le molestaba de los adultos cuando era adolescente.

Pero, en el fondo, somos presas de esos chiquillos que, en una parte de nosotros, no terminaron de crecer. Los podemos oír, con apenas un susurro, reclaman esos sueños abandonados, esas fantasías perdidas. Seguimos siendo ellos, con más años, pero seguimos siendo los mismos. Los adultos somos como niños asustados de la vida, como esos adolescentes que fuimos una vez, pero aprendemos a esconder nuestros miedos, y salimos al mundo con la coraza de una persona seria, respetada por la sociedad. Aunque la realidad es que nos sentimos como críos disfrazados jugando a ser mayores.

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